Redescubriendo el silencio en la montaña

Vivimos envueltos en un murmullo constante. No me refiero solo al estruendo de las ciudades, a ese fragor de motores, sirenas y conversaciones superpuestas que nos acompaña como una segunda piel urbana. Hablo de un ruido más sutil, más persistente: el zumbido digital que emana de nuestros bolsillos, la notificación incesante, el flujo de información que no se detiene ni de noche. Parece que hemos construido un mundo donde el silencio es una anomalía, un vacío incómodo que necesita ser llenado de inmediato. Recuerdo una tarde reciente, caminando por una senda que prometía calma, encontrarme con el eco metálico de una conversación ajena a todo volumen saliendo de un altavoz portátil. Me pregunté entonces, con una punzada de melancolía, ¿hemos olvidado el valor de lo que no suena? ¿Se ha convertido el silencio en un lujo, o peor aún, en algo que temer?
Esta reflexión me asalta a menudo cuando preparo la mochila, cuando ato las botas y miro el mapa buscando no solo un destino, sino un refugio. La montaña, en nuestro imaginario colectivo, sigue siendo ese espacio arquetípico de paz, ese contrapunto al fragor cotidiano. Pero, ¿sigue siéndolo realmente? La búsqueda de silencio parece hoy una aventura en sí misma, casi tan exigente como alcanzar una cumbre elevada. Quizás el primer paso no sea buscarlo fuera, sino entender por qué nos hemos vuelto tan reacios a encontrarlo dentro.
Andar hacia el silencio: El sendero como umbral
Hay una sabiduría ancestral en el simple acto de caminar. Nuestros antepasados recorrían leguas no solo por necesidad, sino también por un impulso interior, una forma de medir el mundo a escala humana, paso a paso. Pienso en las antiguas corredoiras gallegas, esos caminos hundidos flanqueados por muros de piedra y vegetación, senderos que son cicatrices vivas en el paisaje, testigos de incontables idas y venidas. Caminar por ellos es, de alguna manera, entrar en otro tiempo, sentir el peso de la historia bajo las suelas. ¿Dónde empieza realmente un camino? ¿En el primer paso, o en la intención que lo precede?
El senderismo, más allá de la actividad física, es una práctica casi meditativa. El ritmo constante de la marcha, la respiración acompasada con el esfuerzo, la atención puesta en el terreno… todo ello va aquietando, poco a poco, el ruido interior. Es como si el cuerpo, al concentrarse en la tarea fundamental de avanzar, liberara a la mente de sus ataduras habituales.
El sendero se convierte así en un umbral, una transición gradual desde el mundo ruidoso hacia un estado de mayor receptividad. No se trata de escapar, sino de encontrar. Y a menudo, lo que encontramos en esa quietud progresiva es una versión más clara de nosotros mismos, despojada de artificios. ¿Sigue teniendo sentido andar, hoy, cuando todo llega antes que nosotros, cuando la tecnología nos promete acortar todas las distancias? Yo creo, firmemente, que sí. Precisamente por eso. Porque andar nos devuelve la dimensión real del espacio y, sobre todo, del tiempo.
El silencio: La voz propia de la montaña
Tendemos a pensar en el silencio como una simple ausencia de sonido. Un vacío. Pero quien ha pasado tiempo en la montaña sabe que esto no es del todo cierto. El silencio de las alturas no es mudo; tiene su propia voz, su propia textura. Es un silencio lleno: está tejido con el susurro del viento entre las rocas, el canto lejano de un pájaro rapaz, el murmullo de un arroyo que desciende invisible por la ladera, el crujido de tus propias pisadas sobre la tierra o la nieve. Es un silencio que respira, que vive.
A diferencia del silencio artificial de una habitación insonorizada, que puede resultar opresivo, el silencio natural es expansivo. Te envuelve sin ahogar, te hace sentir pequeño ante la inmensidad del paisaje, pero también conectado a él de una forma profunda. Es en ese silencio donde los sentidos se agudizan. La vista abarca horizontes más amplios, el olfato capta el aroma húmedo del musgo o la fragancia seca del piorno, el tacto siente la caricia fría del aire en la piel. Es un estado de alerta serena, una inmersión total en el presente. ¿Podemos encontrar algo que no sabemos que buscamos? A menudo, en la montaña, buscamos vistas, retos, aire puro… y encontramos, casi sin querer, ese silencio primordial que nos recoloca en el universo.
No hace falta irse a los confines del mundo. Recuerdo una experiencia de geocaching, esa singular búsqueda del tesoro moderna guiada por coordenadas GPS. El objetivo era encontrar un pequeño contenedor escondido cerca de una ermita olvidada en la media montaña lucense.
Lo fascinante no fue solo el hallazgo final –la pequeña caja con su cuaderno de visitas lleno de nombres y fechas–, sino el camino. El GPS me llevó por sendas apenas intuidas, me obligó a prestar atención a detalles del terreno que de otro modo hubieran pasado desapercibidos. Y en esa concentración, en esa exploración minuciosa, se hizo un silencio particular, diferente al de la cumbre ventosa. Era un silencio expectante, cargado de la promesa del descubrimiento. El geocaching, nacido en los albores del GPS civil (allá por el año 2000), puede parecer una paradoja: usar tecnología para redescubrir lugares olvidados y, a veces, para encontrar momentos de inesperada quietud.
Crónicas de un silencio vivido
Hay lugares donde el silencio parece tener una densidad especial, momentos en que se vuelve casi tangible. Pienso en una travesía invernal por las crestas de Ancares, con la nieve amortiguando cada sonido y el mundo reducido a blanco y azul. El único ruido era el de mi propia respiración jadeante y el crujir rítmico de los crampones mordiendo el hielo. Al alcanzar un collado resguardado del viento, me detuve. Y entonces, ocurrió. El silencio se hizo absoluto. No había viento, ni pájaros, ni agua corriendo. Solo la quietud inmensa de la montaña nevada bajo un sol pálido. Fue un instante sobrecogedor, de una belleza austera y profunda. Sentí, más que nunca, la grandeza imponente de la naturaleza y mi propia insignificancia gozosa dentro de ella.
O recuerdo las fragas del Eume, en pleno corazón de Galicia. Caminando bajo la bóveda vegetal de castaños y robles centenarios, el sonido predominante es el del agua omnipresente y el canto de los pájaros invisibles entre el follaje. Pero si te detienes, si te sientas en una piedra cubierta de musgo y simplemente escuchas, percibes otro nivel de silencio: el silencio del crecimiento lento, de la descomposición que alimenta nueva vida, el silencio cargado de historias no escritas, de meigas y trasnos susurrando entre las sombras. Es un silencio que no está vacío, sino lleno de memoria.
Estos momentos no se buscan activamente, simplemente suceden. Son regalos que la montaña ofrece a quien sabe esperar, a quien aprende a moverse por ella con respeto y humildad. Son instantes de epifanía personal, donde las preocupaciones cotidianas se disuelven y queda solo la experiencia pura del estar.
La fragilidad del silencio
Pero este tesoro, el silencio de la montaña, es cada vez más frágil. Nos enfrentamos a desafíos que amenazan con erosionarlo, con convertir esos santuarios de quietud en meros escenarios para el consumo rápido. La masificación de ciertas rutas, impulsada a veces por una promoción turística poco reflexiva, trae consigo un aumento del ruido: conversaciones a gritos, música en altavoces, el zumbido insistente de los drones capturando imágenes que a menudo sustituyen a la vivencia real.
La tecnología, que tanto nos ayuda en la planificación y la seguridad, también puede convertirse en una barrera. La necesidad compulsiva de compartir cada instante en redes sociales, de geolocalizar cada paso, nos saca de la experiencia presente, nos mantiene conectados al murmullo digital del que pretendíamos alejarnos. Se banaliza el esfuerzo, se busca la foto perfecta en lugar de la conexión profunda. ¿Estamos convirtiendo la montaña en otro producto de consumo, vaciándola de su esencia más íntima?
A esto se suma la lenta pero inexorable pérdida de caminos tradicionales, sepultados por la maleza en las zonas rurales que sufren la despoblación, o destruidos por nuevas infraestructuras. Cada sendero que desaparece es una vía menos hacia esos espacios de calma, una hebra rota en el tejido que conecta nuestra cultura con el paisaje. Proteger el silencio de la montaña no es solo una cuestión de conservación ambiental, es también una defensa de nuestro propio espacio interior, de nuestra capacidad para la contemplación y la escucha profunda. Requiere una nueva conciencia, una ética del caminante que valore la discreción, el respeto por el entorno y por los demás buscadores de quietud.
La pregunta que queda susurrando en el aire
Al descender de la montaña, de vuelta al valle, al coche, a la cobertura del móvil, algo de ese silencio suele acompañarnos durante un tiempo. Es como un eco interior, un recuerdo sensorial que nos ancla a una experiencia significativa. Pero la vorágine diaria tiende a difuminarlo pronto, a cubrirlo de nuevo con su capa de ruido familiar.
Quizás el verdadero desafío no sea solo encontrar el silencio allá arriba, sino aprender a llevar una pequeña parte de él con nosotros, a integrarlo en nuestra vida cotidiana. Cultivar momentos de desconexión, valorar la pausa, reaprender a escuchar no solo los sonidos externos, sino también los internos. La montaña nos ofrece una lección magistral, pero somos nosotros quienes debemos decidir si queremos aprenderla.
Mientras recojo la mochila y mis pasos me alejan de la cumbre, una última brisa parece susurrar una pregunta que se queda flotando, ligera como una nube pasajera: En este mundo que parece haber declarado la guerra al silencio, ¿seremos capaces de seguir encontrando –y protegiendo– esos espacios donde el alma puede, al fin, escuchar su propia voz? La respuesta, me temo, no está escrita en ningún mapa.